Sentada en un mullido y moderno sillón, mi mirada se pierde en la pequeña isla que tengo enfrente y en los yates de lujo que atracan en ella. Estoy en Camana Bay, una especie de barrio privado que, sin embargo, está abierto a los forasteros. Un acabado paraíso, pues además este lugar está en pleno Caribe, en Grand Cayman.
Cayman Islands: Caribe a cuerpo de rey
En este atractivo espacio de paseo posplaya, donde hay restaurantes y tiendas, aguardo la llegada de “mi” yate privado –las comillas son porque en realidad fue rentado por la Oficina de Turismo que me invitó a un viaje de trabajo– que me llevará a Stingray City, uno de los hits de Grand Cayman. Mientras espero termino de delinear mi idea de las Cayman Islands –archipiélago que reúne a Grand Cayman, Cayman Brac y Little Cayman–, porque Caribes hay muchos, pero en este caso se trata de un sitio selecto con charme y buen gusto, excelente gastronomía, hoteles 5 estrellas y lujosas mansiones, tiendas de marca y joyerías, spas y, obviamente, playas sublimes. Pero incluso para aquellos que cultivan el bajo perfil, las Cayman seducen con otros atributos, además del mar y la arena: hay un sinnúmero de actividades muy recomendables para todo tipo de viajero.
Stingray City es una de ellas. Aclaro que también es posible contratar una excursión más masiva. Pero en mi caso rentamos el barco Calypso con capitán y todo a US$ 1.200. Mar adentro y con la brisa caribeña golpeando mi rostro, saboreé un fruit punch y me dejé cautivar por un paisaje único que se despliega al noroeste de Grand Cayman, en una bahía. Tras 15 minutos de navegación, llegué a destino: léase, al medio del mar. Allí existe un banco de arena de un metro y medio de profundidad. La costa a esa altura es casi imperceptible. Pero lo que se pueden ver claramente son las “jaurías” de rayas que se acercan a los barcos.
Había leído que se trataba de una especie peligrosa, reacia a tomar contacto con los humanos y solitaria en su carácter. Sin embargo, aquí son inofensivas, sociables y amigables. Sucede que estas rayas están acostumbradas a la visita de los turistas.
Descendí del barco y enseguida me rodearon tres, cuatro, seis de ellas que como mi perro Tyson buscaban con frenesí su tentempié. Me acariciaban con sus cuerpos suaves, pero enormes –las hembras son tres veces más grandes que los machos y pueden pesar 90 kilos–.
LAS TORTUGAS MARINAS SON PROTAGONISTAS.
Casi tan protagonistas como las rayas son las tortugas marinas que eligen estas costas para cumplir con varios aspectos de su ciclo de vida. Podrá verlas en cautiverio en The Cayman Turtle Farm.
El predio cuenta con su área de “nursery”, donde están los huevos enterrados en la arena y donde se aprecia su arduo trabajo por salir a la superficie. De hecho, puede demorar 12 días hasta llegar al mar. Todo eso está a la vista del visitante, pero hay que saber que de mayo a octubre es la época de los nacimientos.
En el otro extremo están los quelonios adultos que llegan a pesar unos 240 kg. y que nadan libremente en un gran estanque. Es la hora del almuerzo, así que veo como se amontonan en busca de su ración.
También hay piscinas más pequeñas que clasifican por edad a estos ejemplares. Incluso los visitantes pueden tomar a los más jóvenes, siempre con sumo cuidado. Para los que se animan cabe la posibilidad de sumergirse, nadar y estar en contacto con ellas. El lugar abre de lunes a sábado, de 8 a 16.
CONOCIENDOTE.
Es probable que no sea el principal plan para un argentino que viaja al Caribe, pero no está de más contarles que Grand Cayman cuenta con varios senderos para explorar a modo de trekking o a caballo. El más conocido es Mastic Trail, de 3 km., donde se puede apreciar el tesoro natural de la isla. Para los más fiacas como yo, existe una versión comprimida y adaptada: se trata de Queen Elizabeth II Botanic Park, un paseo imperdible ideal para cuando cae el sol. Aquí la protagonista es la iguana que yace en los caminos impertérrita, como durmiendo una plácida siesta.
El visitante también descubrirá escenarios bellamente adornados por las más variadas especies de flora, entre palmeras, plantas medicinales, árboles frutales y flores. Cabe mencionar que el lugar abre de 9 a 17.30 (horario que puede cambiar dependiendo de la temporada).
OTROS RUMBOS.
Shirley ofrece paseos por la isla con la empresa Cayman Safari Adventure Tour a bordo de un jeep descubierto en la parte de atrás, donde se sientan los turistas. Hay un sinnúmero de itinerarios posibles. Ella me mostró algunas mansiones que se levantan en la zona de Boggy Sand Road, donde también es posible conocer las construcciones más tradicionales, de madera, colores pastel y jardines de arena. Un estilo similar se aprecia en George Town, la capital, donde hay buena cantidad de tiendas.
En el derrotero también aprecio las playas, algunas solitarias, otras populares, anchas y angostas, con oleaje o tipo piscina. La más famosa es Seven Mile Beach, en la costa oeste, donde se levanta la mayoría de los hoteles. Con Shirley visitamos otras áreas, como la que se extiende frente al restaurante Luca –un imperdible para el brunch de los domingos–, que es amplia y sin gente. También está la que se encuentra frente a la casa del gobernador. Pero lo ideal es salir a buscar la que más le guste a cada uno.
SABORES DEL MUNDO.
La gastronomía es otro de los puntos fuertes del destino: para los que se inclinen por algo informal Royal Palms es similar a un parador de playa local, para comer en la arena. Pedí pescado para no desentonar con el entorno, y fue excepcional.
Un concepto similar es el que propone el restaurante Calypso, aunque prima un ambiente más formal e íntimo, donde se come a la luz de las velas y en una terraza que da al mar. Allí me tenté con la langosta y con el sticky toffee pudding, un plato recomendado de la casa, imposible de explicar con palabras.
Una perlita para la hora del almuerzo: Vivene´s, un restaurante de comida local bien sencillo, pero donde se puede disfrutar de delicias autóctonas con una vista privilegiada del Caribe y a precios módicos. Opté por pescado con arroz con porotos negros y banana frita. De postre, otro clásico que también vale la pena llevar como souvenir: rhum cake, es decir, un bizcochuelo de vainilla embebido con unas gotas de alcohol.
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