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Amor a La Habana

Cuba comparte las bellezas de otras islas del Caribe. Pero su historia singular, su arquitectura de columnas clásicas y espléndidos conjuntos coloniales, su refinada cultura, junto con la cadenciosa calidez de su gente, le otorgan una originalidad irrenunciable cuya esencia se derrama, como en ningún otro lado, en las calles de su capital.

Quienes hayan conocido La Habana hace algunos años, encontrarán una ciudad nueva. O, para ser exactos, una nueva Ciudad Vieja. Si una década atrás Cuba parecía detenida a comienzos de los ’60, hoy el tiempo comenzó a fluir nuevamente. Mientras en el mundo y en sus calles volvían a sonar las glorias octogenarias que inventaron y reinventaron el son y la trova, en su reconciliación con el pasado, la ciudad recobró también el futuro y puso en marcha un trabajo de recuperación de su arquitectura inigualable. Las calles de La Habana Vieja, Patrimonio de la Humanidad, son a cada paso nuevas calles. Esta transformación que avanza día a día y casa a casa, está haciendo que la que nunca dejó de ser la capital más bella de América latina, brille hoy con nuevos colores y renovadas ganas.
Orgullosa de sus singularidades históricas, culturales, paisajísticas y arquitectónicas, La Habana invita a adentrarse en los recovecos de su irrealidad de magia para encontrar en cada rincón el victorioso empeño de lo inexplicable.

Tejas y huellas de mar.
Un paseo por esta nueva ciudad varias veces centenaria comienza por la Catedral, que no se parece a la de ninguna otra capital americana. Su fachada está hecha de bloques de piedra que guardan aún las huellas del mar, encajes de algas, dibujos de caracolas, porosidades amigas del agua. El techo de tejas, las torres desiguales, su sinuosa imponencia, parecen una declaración de principios con la cual La Habana sienta las bases de la irrenunciable originalidad que tendrá cada gesto suyo, y la hará tan diferente siempre de otras arquitecturas y destinos americanos.
Curiosamente, a la plaza hoy llena de bares con sombrillas, se puede acceder sólo por dos calles. Llegando por San Ignacio, está el Callejón del Chorro que debe su nombre a que el primer acueducto de América y el único de la ciudad entre 1592 y 1835, derramaba en él las aguas del río Almendares.
A un par de cuadras, está el Castillo de la Real fuerza -una de las fortalezas más bellas de un paisaje que abunda en baluartes y murallas, y la  más antigua de Cuba (1558)-, una de cuyas torres está rematada por la emblemática Giraldilla.
Desde allí se ve, al otro lado de la bahía de La Habana, el impresionante conjunto defensivo de El Morro y La Cabaña, donde se realiza la ceremonia de "el cañonazo de las 9", con el cual antiguamente se anunciaba a los habitantes que se cerrarían las puertas de la ciudad. 
Muy cerca está la Plaza de Armas, flanqueada por El Templete, que conmemora la fundación. En su centro, una estatua de Carlos Manuel de Céspedes, considerado "el padre de la patria" por haber entregado a su causa la vida de un hijo, y primer presidente de la República en Armas. Entre los edificios que la rodean se destacan el Palacio de los Capitanes Generales, donde funciona el Museo de la Ciudad, y más allá, una barbería extemporánea.

Recovas y vitrales.
Frente a la Plaza Vieja, los amantes de la música no pueden dejar de pasar por el que fuera el primer café de La Habana, hoy dedicado a la música de Benny Moré. Bajo las recovas también se puede visitar un curioso museo de naipes o detenerse en un restaurante criollo, mientras en la plaza, sobre una improvisada mesita y algunos cajones, un grupo de vecinos disputan una acalorada partida de dominó con doble nueve, una de las pasiones nacionales.
Cerca del puerto, otra de las plazas del centro histórico es la de San Francisco de Asís, donde se levanta la Lonja de Comercio, descansan algunos mateos y las quinceañeras se retratan entre palomas y curiosos. Frente a la basílica que le da nombre, una figura de bronce recuerda a "El Caballero de París". Cuentan que, en los años ’50 vivía en las calles, pero nunca pedía limosna: sólo aceptaba unas monedas de los conocidos, y a cambio les entregaba un dibujo o una pluma. Siempre vestido con una capa negra, al morir encontraron entre sus ropas unos papeles arrugados con poéticos escritos acerca de La Habana y sus secretos más íntimos.
Tras una pausa en el Museo del Ron Habana Club, resta caminar por calles con nombres como Amargura o Inquisidor, para descubrir tiendas perfumadas de especias y hoteles con patios frescos, rematados con vitrales sobre arcos de medio punto en los que el omnipresente sol se quiebra en infinitos dibujos de colores.

La ciudad de las columnas.
Algo más lejos del corazón colonial están el Capitolio y el espléndido edificio del Centro Gallego, un palacio rematado por bellísimas cúpulas. A pocos pasos puede visitarse la Casa del Habano o llegar hasta el Barrio Chino, en la intersección de Amistad y Dragones.
En esas calles, que no suele transitar el turista de apuro, se vive la otra Habana: alguien desde la vereda llama a los gritos a un habitante de un segundo piso, para que le alcance una bolsa que descuelga desde las alturas, atada con una cuerda, sin moverse del balcón. Los chicos aprenden a jugar béisbol con un bate que los supera en tamaño, mientras dos mujeres con ruleros compran un frozen en la esquina y la música se derrama desde cada ventana.
El Prado, custodiado por majestuosos leones, es una excusa para pasar el tiempo sentado en los bancos de piedra debajo de la arboleda, mirando pasar a mujeres "de religión" con blancos turbantes y polleras de encaje, o a jubilados con boina que cultivan la paciencia con la mirada perdida.
El Museo de la Revolución retrata la historia impar de Cuba, desde los avatares de la caballería mambisa -con la cual peleó y murió José Martí, poeta y héroe nacional cuyo busto se repite en escuelas y oficinas- pasando por el emblemático Granma con el que desembarcó en la isla la Revolución, hasta las peripecias del "Período Especial" que la golpeó tras la caída de la Europa socialista.
"La ciudad de las columnas", como la llamó Alejo Carpentier -escritor de una sensibilidad que merecería más lectores-, se expresa en toda su majestuosidad en barrios como El Vedado o Miramar, con su Quinta Avenida donde se suceden lujosas sedes diplomáticas, oficinas comerciales y residencias.
Un paseo por esta capital cinematográfica, en cuyos fotogramas hay siempre un auto antiguo, no estará completo sin pedir, en la ya mítica Coppelia, un helado -claro- de fresa y chocolate.

CUBA
Visa: para entrar a la isla sólo se requiere la tarjeta de turismo que podrá comprar en Cuba por U$S 25.
Clima: subtropical moderado. Las variaciones del termómetro entre el día y la noche son menos acentuadas en las regiones costeras que en tierra adentro. La región oriental goza de un clima más cálido que la occidental. Temperatura media 24,6º C. Media de verano 25º C. Media de invierno 22º C. En esta estación hay días ventosos y frescos.
Moneda y formas de pago: en las instalaciones turísticas los precios están fijados en pesos cubanos convertibles (CUC), equivalentes a unos 80 centavos de dólar. Se reciben tarjetas de crédito MasterCard, Visa Internacional y CABAL siempre que no sean emitidas por bancos estadounidenses ni sus sucursales en otros países. Se admiten los cheques de viajeros.

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