En “Alicia a través del espejo”, una de las célebres obras del escritor inglés Lewis Carroll, la protagonista juega a que existe una manera de atravesar el espejo de su salón. Entonces sucede que el cristal se torna blando como una gasa y le permite pasar cómodamente a través de él.
Auvers-sur-Oise: al otro lado del lienzo
Algo similar me sucedió al descender del tren en Auvers-sur-Oise. Después de años de haber admirado las obras y la pasión de Vincent van Gogh, me encontré de pie en medio de un paraje silencioso y solitario, como en un sueño extraño. Las calles angostas empedradas, los muros cubiertos de hiedra, los campos de trigo, los caminos escarpados, los cuervos… todo me resultaba familiar.
Mientras trataba de racionalizar la situación, la emoción y la niebla del lugar me provocaron una sensación de desvanecimiento y, así como Alicia, sentí que podía atravesar los lienzos pintados por Van Gogh para sumergirme en ese pequeño pueblo medieval, que fuera testigo de su época más prolífera y cuna del movimiento impresionista.
A ORILLAS DEL RIO OISE.
Auvers-sur-Oise se encuentra a una hora de viaje desde París, en medio del apacible valle del río Oise. Además de la suprema belleza del lugar, sorprende que este “pueblo-museo” esté prácticamente igual desde el siglo XIX, cuando Vincent van Gogh, Paul Cézanne, Camille Corot, Charles-François Daubigny, Armand Guillaumin y Camille Pissarro llegaron allí para inspirarse, impregnándose del paisaje bucólico para plasmarlo en numerosas obras.
Recorrer Auvers siguiendo las huellas de aquellos soñadores es sencillo: todo está indicado con carteles. Y en sitios puntuales se colocaron reproducciones en buen tamaño de obras de Van Gogh, para apreciar el paisaje en la dimensión real y tal como lo inmortalizó este genio de la pintura.
Lo más conveniente es hacer el recorrido a pie; es un placer explorar las calles angostas, los rincones escondidos, y respirar la esencia y espíritu del lugar. Además, las distancias son cortas y prometen emociones que seguramente perdurarán toda la vida.
VAN GOGH EN AUVERS.
En 1890, después de abandonar un sanatorio de Saint-Rémy donde pensó que curaría sus trastornos mentales, Van Gogh se trasladó a Auvers. Allí –además de estar cerca de París, donde vivía su hermano Théo–, contaría con la asistencia permanente de un médico: el doctor Paul Gachet.
“Estoy plenamente absorbido por estas llanuras inmensas de campos de trigo sobre un fondo de colinas, vastos como el mar, de un amarillo muy tierno, un verde muy pálido, de un malva muy dulce, con una parte de tierra labrada, todo junto con plantaciones de patatas en flor; todo bajo un cielo azul con tonos blancos, rosas y violetas. Me siento muy tranquilo, casi demasiado calmado, me siento capaz de pintar todo esto”, le escribió a su madre, tras instalarse en una pequeña habitación de la modesta pensión Ravoux.
A partir de entonces, pintó retratos y vistas de la ciudad y la naturaleza, con intensidad cromática sin igual y un dinamismo admirable: alrededor de 80 obras y 60 dibujos en dos meses, “quizás evadiendo sus demonios con una actividad frenética”, como decían quienes lo conocían.
TRAS LOS PASOS DE VINCENT.
El albergue Ravoux, reconocido como Monumento Histórico, es el sitio indicado para tomar el primer contacto con la vida y la estancia de Van Gogh en Auvers-sur-Oise. Emplazado sobre la avenida principal del pueblo, es popularmente conocido como “La casa de Van Gogh”.
Allí llegó un 20 de mayo para rentar una pequeña habitación (la N° 5), de solo 7 m2, muy austera y alumbrada por una pequeña claraboya.
Hoy es el único espacio del Ravoux que permanece en su estado original: “Hay muy poco para ver, pero todo para sentir”, aseveran en el albergue. Y así es, considerando que fue en esta habitación donde Vincent van Gogh respiró por última vez.
El recorrido a través del tiempo y las sensaciones culmina en el ático del establecimiento, donde se proyecta el video "Sobre el rastro de Van Gogh", que trata sobre la permanencia del artista en Auvers a través de sus obras, extractos de cartas y fotografías. Es obra de Dominique-Charles Janssens, presidente del Instituto Van Gogh.
Asimismo, como si fuera el siglo XIX, el restaurante del albergue le da la bienvenida a visitantes de todo el mundo recreando el ambiente de los artistas y las charlas de café de tiempos pasados. Además, ofrece una tentadora carta con platos típicos de la región y de aquella época.
Por otra parte, cruzando la calle se encuentra el Ayuntamiento de Auvers, otro sitio de gran relevancia en el recorrido, ya que se lo puede ver prácticamente idéntico que en “El Ayuntamiento de Auvers”, otra de las grandes obras de Van Gogh. Fue pintada desde una de las ventanas del albergue, probablemente la mañana del 14 de julio, puesto que las banderas indican el ambiente de una fiesta nacional.
LA CASA DEL DOCTOR GACHET.
La casa del doctor Gachet parece estar colgada de un acantilado; alberga un hermoso jardín y vistas inmejorables de los paisajes de Auvers que tanto inspiraron a los impresionistas.
En 1872 el médico –un gran coleccionista de arte– compró la propiedad e instaló allí su estudio para dedicarse también a la pintura, la escultura y el grabado. E invitó a los artistas, sus amigos, para que trabajaran con él.
Así, Cézanne se trasladó con su familia a Auvers y se alojó en la casa de Gachet, quien le compró su primera obra.
Quizás como agradecimiento por el interés demostrado por su arte, pintó la casa sobre un lienzo; una composición llamativa, ya que no está encuadrada armónicamente en el paisaje, sino que introduce al espectador a través de un camino sinuoso.
Asimismo, Pissarro y Guillaumin tuvieron su paso por la casa de Gachet.
El vínculo con Van Gogh también quedó inmortalizado en obras, entre ellas el afamado “Retrato del doctor Paul Gachet”.
Actualmente la casa está abierta al público y alberga numerosos objetos, muebles y pinturas de artistas de Auvers, además de exposiciones contemporáneas.
PARQUE VAN GOGH Y JARDIN DAUBIGNY.
Un bonus track de la visita a Auvers es el Parque Van Gogh, un sitio apacible, con muchos árboles y la estatua de Vincent dominando la escena, obra de 1961 del escultor ruso Ossip Zadkine a la memoria del pintor.
Se dice que Zadkine realizó esta obra inspirándose en el lienzo “Castaños en flor”, del propio Van Gogh, quien se representó a sí mismo caminando en un paraje cercano a lo que hoy es el parque.
Cerca de allí, frente a la estación de trenes, se avizora el jardín de la casa que lo inspiró para pintar “El jardín de Daubigny”. “Es uno de mis lienzos más deseados”, le confesó a su hermano Théo, y lo describió de la siguiente manera: “Tiene el primer plano de hierba verde y rosa. A la izquierda, un macizo verde y lila, y un tronco de planta con follaje blanquecino. En medio de un cantero de rosas a la derecha, un conjunto de cañas, una pared, y sobre la pared un avellano de follaje violeta. Después, una hilera de lilas, una fila de tilos redondeados, amarillos; la casa misma en el fondo, rosa, con techo de tejas azuladas. Un banco y tres sillas, una figura negra con sombrero amarillo y en primer plano un gato negro. Cielo, verde pálido”.
LA IGLESIA DE AUVERS.
En lo alto del pueblo se encuentra la Notre-Dame d'Auvers, construcción que inspiró una de las obras más afamadas de Van Gogh: “La iglesia de Auvers”.
La pintó colorida y animada: “Un efecto donde el inmueble parece violeta contra un cielo azul profundo y simple, de cobalto puro, las ventanas con vidrieras parecen como manchas de azul ultramar, el tejado es violeta y en parte anaranjado. En la parte de adelante un poco de césped enflorecido y arena ensolerada rosa”.
Construida entre los siglos XII y XIII, la iglesia constituye un lugar de peregrinación para los aficionados al impresionismo.
TUMBAS DE VINCENT Y THEO.
Desde la iglesia, siguiendo por una carretera bordeada de campos, se llega hasta el cementerio del pueblo, donde se encuentra la tumba de Vincent, quien reposa junto a su hermano Théo en una sombría sepultura de piedra recubierta de hiedra. La misma que fuera plantada por el hijo del doctor Gachet, amigo de los hermanos.
Definitivamente, éste es otro sitio de peregrinaje para los amantes del arte, quienes suelen dejar cartas y ofrendas a un maestro de la pintura que murió pensando que jamás dejaría de ser un aficionado, ya que apenas había logrado vender una sola obra: “La viña roja”.
Saliendo del cementerio, por un camino de tierra se accede a otro sitio clave de la vida y obra de Van Gogh: el campo en el que se inspiró para “Campo de trigo con los cuervos”, identificado también con una reproducción de la obra.
El 27 de julio de 1890, en este mismo campo pintado algunos días antes, se disparó un tiro con un revólver, muriendo horas después en brazos de su hermano. Algunos dicen que los cuervos planeando sobre el trigo sugieren la premonición de la muerte.
Desde entonces, en Auvers el tiempo se detuvo.
Al día siguiente, en París, me dirigí una vez más al Museo de Orsay para contemplar las ágiles, intensas y coloridas pinceladas de las obras de Van Gogh logradas durante su estadía en Auvers-sur-Oise. En esa ocasión, estuve parada de “este” lado del lienzo, resignificando lo que entendía por impresionismo. O al menos eso creí.
“Siempre empujados por la corriente…
siempre flotando en aquel rayo dorado…
la vida, acaso, ¿no es más que un sueño?”
(Lewis Carroll)
Rodeado de hermosos jardines de estilo francés, el Castillo de Auvers –del siglo XVII– propone a los visitantes un “Viaje a la época de los impresionistas”, con reproducciones de obras y proyecciones, además de una presentación audiovisual de la obra de Van Gogh.
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