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El vibrante corazón del mundo

Con su constante renovación, y sus famosos y clásicos atractivos, la Gran Manzana siempre sorprende y continúa siendo una de las metrópolis más excitantes del planeta. Por eso, nunca basta una única visita a Nueva York para poder abarcarla completamente.

“El iceberg de diamante”, la llamó Truman Capote. Y sí, al atardecer, y ya de noche, Nueva York aparece como una gigante estructura de finas puntas apuntando al cielo que brilla fulgurante sobre cuatro islas o parte de ellas (Manhattan, Staten Island, Brooklyn y Queens) y una porción de territorio firme (Bronx).

Y si bien se ha escrito tanto sobre esta ciudad única, es tan fascinante su atractivo que se tiene la sensación –o la certeza– de que nunca es suficiente. Siempre hay algo nuevo para descubrir y sorprenderse.

El lugar ideal para iniciar el recorrido es el Empire State, sobre la 5º Avenida y la calle 34. Después de caminar las primeras cuadras por la metrópoli, basta subir al mirador del legendario edificio –ubicado en el piso 86º– para contemplar una panorámica de los increíbles rascacielos que conforman la fisonomía de la Gran Manzana, entre los que se destaca el Chrysler Building, con su plateada aguja de acero inoxidable; y el recientemente inaugurado Freedom Tower (One World Trade Center).

Después de esta visita conviene seguir caminando por la 5º Avenida rumbo al Central Park. En esta zona, además de admirar las atrayentes vidrieras de la famosa arteria, hay dos lugares ineludibles, ambos ubicados entre las calles 50 y 51: el Rockefeller Center, con su tan conocida pista de patinaje, y donde se congregan una gran cantidad de turistas de todo el mundo; y enfrente la catedral de San Patricio.

A sólo tres cuadras de allí, girando apenas hacia el oeste en la calle 53, está el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), donde pueden apreciarse obras de Van Gogh, Picasso, Dalí, Andy Warhol, Jackson Pollock y Edward Hopper.

Continuando la caminata por la 5º Avenida, siempre en dirección opuesta a la del tránsito, al llegar a la calle 59 nos encontraremos con la deslumbrante fachada renacentista de The Plaza, uno de los hoteles más emblemáticos de Nueva York. Enfrente, el Central Park, que se extiende hasta la calle 110, invita a decenas de paseos por sus lagos, fuentes, jardines y una gran cantidad de estatuas. Uno de sus rincones más famosos, a la altura de la calle 72, también hacia el oeste, es Strawberry Fields, el sitio que homenajea la memoria de John Lennon. Hacia el otro lado, en el este, sobre la 5º Avenida, el Metropolitan Museum of Art y el Guggenheim Museum convocan a intensas y placenteras jornadas de arte.

COLORES LOCALES.

Hacia el lado opuesto de la 5º Avenida despunta Washington Square, el epicentro del mítico Greenwich Village. Allí, el enorme Arco del Triunfo define el paisaje de este parque con poco verde pero de aire tan bohemio como el barrio.

Yendo hacia el lado del East River se abre la zona denominada East Village, plena de bares, disquerías y locales de ropa extravagante, tan atractivos como la sobria arquitectura que caracteriza a la zona.

En dirección sur se llega a Little Italy, el tradicional barrio italiano donde abundan las trattorias; y a Nolita (“North Little Italy”), estrecha zona de moderna bohemia.

El paisaje cobra otras formas y colores en el Chinatown. El barrio chino neoyorquino presenta las construcciones típicas de ese país y se caracteriza por la gran cantidad de restaurantes y locales de vestimenta y objetos varios que copian a las grandes marcas.

Este recorrido arbitrario bien puede continuar por el Battery Park, desde donde se realiza la excursión a la Estatua de la Libertad. Al cruzar el río para llegar a la Liberty Island, Manhattan se va empequeñeciendo y convirtiéndose en una diminuta maqueta. Una vez en tierra, el famoso monumento asombra por sus dimensiones.

De regreso al parque, y ya cayendo la tarde, no está mal caminar unas cuadras más hasta el puente de Brooklyn, sentarse a descansar en las cercanías y contemplarlo mientras el sol se esconde.

Cuando ya ha oscurecido, es obligación dirigirse a Times Square: los carteles de neón han comenzado a titilar y a darle a esa zona de Nueva York el esplendor que la caracteriza desde siempre. La famosa esquina, confluencia de las avenidas Broadway y 7º, es una radiante explosión de marquesinas y carteles publicitarios que asombran.

PASEOS NOCTURNOS Y JAZZ.

Por la noche existe una opción sin dudas indispensable: tomar un sofisticado crucero para cenar y disfrutar de las estupendas vistas de Manhattan mientras se navega por los ríos East y Hudson.

Hay servicios de embarcaciones que parten desde la Terminal Chelsea Piers, en el West Side, a la altura de la intersección de la calle 21 con la avenida 12. Desde allí inicia su itinerario de tres horas el Celestial, un barco de estilo europeo y construido íntegramente en cristal, de modo tal que los visitantes puedan apreciar las mejores panorámicas de la urbe. El paseo incluye cena gourmet, vinos finos y jazz en vivo.

Otra opción nocturna, claro, es ir a vivir una noche a puro jazz. Para ello hay variadas propuestas: en el Greenwich Village las alternativas excluyentes son dos: el legendario Village Vanguard y el Blue Note. En ambos casos se trata de lugares muy cómodos y con números de primerísimo nivel, lo mismo que en Minton’s, en Harlem. En tanto, en el Midtown sobresale el Birdland.

VARIEDAD ARQUITECTÓNICA.

Actualmente, el Bronx ha recobrado el interés de los turistas, que por muchos años no lo tuvieron en cuenta debido a la mala fama que había adquirido. Conectado con Manhattan por varias líneas de subterráneo –gracias a las cuales el turista puede llegar fácil y rápidamente–, tiene como lugares de interés la avenida Grand Concourse, con gran cantidad de edificios de estilo art-déco, entre los que sobresale el Loew’s Paradise Theater; numerosos parques –Van Cortland Park, Pelham Bastidor Bay, Crotona, St. Mary’s y la Bronx River Parkway Reservation–, el New York Botanical Garden, el Zoológico, uno de los más grandes de Estados Unidos; el famoso Yankee Stadium; y la avenida Arthur, punto neurálgico del Little Italy del Bronx.

Volviendo a Manhattan, es obligación acercarse al Flatiron Building, que desde 1902 ocupa un terreno triangular formado por la intersección de la 5º Avenida y Broadway con la calle 23. Si bien el Empire State y las Twin Towers –y hasta el Chrysler Building– adquirieron la irreprochable categoría de íconos por excelencia de Nueva York, es el Flatiron el que ocupa el sutil lugar de la singularidad. Lejos de ser una gigante y moderna mole de cemento, su original y delicada forma le brinda un aura de encantador refinamiento.

Además de contemplar esta distinguida obra arquitectónica, es posible conocer otros atractivos de los alrededores como la High Line, el parque urbano elevado construido sobre una antigua línea de ferrocarril, en las inmediaciones del barrio de Chelsea; el Madison Square Park; la Metropolitan Life Insurance Company Tower, otro edificio digno de ser apreciado; y el área vecina de Gramercy, una de las más tranquilas de la ciudad.

Bajando unas cuadras hacia el sur se encuentra el Union Square Park, famoso por ser el enclave elegido para eventos políticos, desfiles, protestas y celebraciones oficiales.

Hasta aquí la Nueva York tradicional. Quedan mil rincones; mil otras tantas ciudades dentro de esta ciudad única, que nunca deja de ser descubierta.

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