COLISEO Y FORO ROMANO.
Roma: imperdibles de la ciudad eterna
Probablemente la mejor manera de adentrarse en la historia y la esencia de Roma sea con una visita al Coliseo y al Foro Romano. Para eso lo más conveniente es levantarse bien temprano, ya que las colas suelen ser muy largas y los recorridos llevan su tiempo.
El Coliseo es realmente imponente; una de las construcciones más espectaculares de la antigüedad. Su edificación –que comenzó en 72 A. de C.– fue iniciativa del emperador Vaspasiano (fundador de la dinastía Flavia), con el fin de conmemorar sus triunfos militares en Oriente.
De planta elíptica, tiene una altura máxima de 57 m. y llegó a albergar hasta 50 mil espectadores. Su exterior ostenta arcos de medio punto flanqueados por columnas que –de abajo hacia arriba– representan los órdenes dórico, jónico y corintio.
Este gigante –originalmente denominado Anfiteatro Flavio en honor a la dinastía que lo construyó, y que luego pasó a llamarse Coliseo por una gran estatua ubicada junto a él: el Coloso de Nerón– fue utilizado para la lucha de gladiadores, combates entre fieras, y hasta se lo podía inundar para realizar batallas navales. El suelo estaba cubierto de arena para que los combatientes resbalaran y para absorber la sangre derramada. Por tal motivo, desde entonces el término “arena” comenzó a aplicarse a los lugares dedicados a espectáculos.
Inicialmente los gladiadores luchaban en combates rituales de entrenamiento para las batallas, práctica heredada de los samnitas y los etruscos. Luego los juegos pasaron a formar parte de la vida de un pueblo en decadencia que, a decir del poeta Décimo Junio Juvenal, vendió su alma a cambio de panem et circenses (pan y circo). Las representaciones diarias comenzaban con las venaciones (caza de animales); luego, criminales y esclavos solían luchar hasta la muerte. Los espectadores apostaban y sentenciaban el destino de los combatientes: si agitaban los pañuelos significaba su salvación, mientras que el pulgar abajo indicaba la muerte. Estas luchas continuaron hasta 438.
Por aquel entonces el Coliseo estaba cubierto de travertino, sujetado con 300 toneladas de grampas de hierro que siglos más tarde fueron arrancadas (de ahí los agujeros que hoy se observan en el edificio). Podría haber sido desmantelado aún más, de no ser por la medida adoptada por el papa Benedicto XIV, que en 1749 lo convirtió en santuario, en homenaje a los cristianos martirizados allí.
Asimismo, en 1980 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno.
Saliendo del coloso, y antes de ingresar al Foro, vale detenerse unos minutos para contemplar el arco de Constantino. Se inauguró en 316 para celebrar la victoria del emperador sobre Majencio y se compone de tres bellas aberturas adornadas con relieves y estatuas.
Luego, al adentrarse al Foro es necesario tener en mano un plano y buena imaginación para entender las ruinas y cómo fue el corazón de la Antigua Roma, un valle pantanoso entre las colinas Palatina y Capitolina que concentraba múltiples aspectos de la vida pública.
La entrada principal está sobre la avenida de los Foros Imperiales. Desde allí se avanza por la Vía Sacra (la más importante del antiguo Foro) hasta la salida del arco de Tito, avizorando durante el recorrido el arco de Septimio Severo, los templos de Saturno y de Vesta, y la basílica de Majencio, entre otras construcciones.
Finalmente, se puede ascender a pie al monte Palatino, donde se dice que la legendaria loba amamantó a los gemelos Rómulo y Remo. Más allá de las ruinas que alberga, las vistas panorámicas y los hermosos jardines lo convierten en el lugar ideal para un descanso.
EL PANTEON.
Tal como aseveró el escritor francés Stendhal, “el más bello recuerdo de la antigüedad romana es, sin lugar a dudas, el Panteón. Este templo ha sufrido tan poco que aparenta estar igual que en la época de los romanos”.
Sucede que este es el edificio de la Roma Antigua que se encuentra mejor conservado, a pesar de que la cobertura de mármol exterior y los bronces que recubrían la cúpula hayan sido quitados.
Este estado de conservación se debe a que en 609 fue convertido en iglesia cristiana: el 1° de noviembre de ese año fue bautizada como Santa María ad Martyres, fecha que desde entonces se celebra como el Día de Todos los Santos.
Sin embargo, el Panteón –construido en 27 A. de C. por orden de Marco Vipsanio Agripa– fue originalmente un templo consagrado a las siete divinidades celestes de la mitología romana: el Sol, la Luna, y los cinco planetas: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Y cada uno de ellos tenía asignado uno de los siete templetes del interior.
El monumental frontis está sostenido por 16 columnas monolíticas de granito y las puertas de bronce son las originales. En su interior las paredes perimetrales albergan las tumbas de Rafael, y la de los reyes italianos Humberto I y Víctor Manuel I.
En tanto, la principal característica del edificio es su cúpula gigante de casetones, que decrecen en tamaño hacia el centro, donde está perforada por un óculo de 9 m. de diámetro. Es como una ventana abierta, por la que entra luz e, incluso, ¡la lluvia! Por eso el piso tiene desagües.
Esta abertura fue pensada para una función práctica –iluminar– y a la vez espiritual, al permitir contemplar el cielo desde el interior.
Vale mencionar que el Panteón tuvo una enorme influencia en la arquitectura occidental. Asimismo, Brunelleschi lo estudió para la construcción de la cúpula del Duomo de Florencia, punto de partida de la arquitectura renacentista. Y Bramante y Miguel Ángel lo recrearon en obras como el Templete de San Pietro in Montorio o la basílica de San Pedro.
Frente al Panteón se encuentra la plaza de la Rotonda, con una llamativa fuente barroca coronada por un obelisco egipcio. Allí es un placer hacer una pausa en alguno de sus pintorescos bares, degustando un ristretto con una vista inmejorable.
La parte posterior, en tanto, linda con la plaza de la Minerva, afamada por su fuente del Elefante –obra de Gian Lorenzo Bernini– y la iglesia de Santa María sobre Minerva, erigida sobre el antiguo templo de Minerva y cuyo interior atesora la escultura “El Redentor”, de Miguel Ángel.
CIUDAD DEL VATICANO.
Como primer dato hay que saber que la Ciudad del Vaticano, además de ser el centro mundial del catolicismo y lugar de peregrinaje de los fieles cristianos, es el estado más pequeño del orbe, con apenas 4,4 km2.
Allí, la plaza de San Pedro es la obra más importante de Bernini como arquitecto; está enmarcada por 244 columnas de travertino dispuestas como los brazos abiertos de la Iglesia hacia el mundo. Están alineadas en cuatro filas y coronadas por 140 estatuas de santos y mártires. También hay dos fuentes realizadas por Maderno y Bernini, y en el centro se alza un obelisco de Heliópolis.
La basílica de San Pedro se erige en el mismo lugar en el que Calígula había ordenado la construcción de un circo y donde San Pedro sería martirizado en el año 67. Se trata del templo más grandioso de la cristiandad, de asombrosas dimensiones, con capacidad para 60 mil personas.
Su edificación comenzó en 1506, siendo Bramante, Rafael, Miguel Ángel, Sangallo y Maderno algunos de los reconocidos arquitectos que trabajaron en ella.
Entre sus tesoros artísticos se destaca la Cátedra de San Pedro, una de las obras mejor logradas de Bernini. Asimismo, el baldaquino que se ubica sobre la tumba del apóstol es obra del mismo artista, quien utilizó bronce procedente del Panteón.
Por otra parte, en la primera capilla de la nave sur se encuentra La Piedad, escultura realizada por Miguel Ángel cuando tenía apenas 25 años. Es la única completamente acabada y firmada por su autor.
La cúpula también fue obra suya, tomando de Brunelleschi la idea del tambor cilíndrico y un doble casquete peraltado. Tiene 17 ventanas separadas entre sí por columnas y se alza sobre el crucero, justo encima de la tumba de San Pedro. Desde allí se obtiene una impactante vista panorámica de la ciudad.
Con calzado cómodo el paseo puede continuar por los Museos Vaticanos, sede de la capilla Sixtina y un complejo museístico realmente excepcional.
Para ver todas las salas hay que andar aproximadamente 8 km. Lo ideal sería recorrerlo en más de un día, dado que el caudal de obras es tan extenso como interesante.
Entre los espacios más destacados sobresalen el Museo Pío Clementino (las mejores piezas están expuestas en el patio oxogonal, entre ellas el grupo “Laocoonte y sus hijos”, original de la escuela de Rodas, ejemplo del expresionismo helenístico), las Estancias de Rafael (quien fue convocado para decorarlas; allí está la Cámara de la Signatura, donde se destacan los frescos “La disputa del Santísimo Sacramento” y “La escuela de Atenas”, entre otras) y la Pinacoteca. Además de la exposición del Antiguo Egipto del Museo Gregoriano Egizio y las piezas etruscas del Museo Gregoriano Etrusco.
Una mención aparte merece la Capilla Sixtina, erigida en 1483 por orden de Sixto IV (de ahí su nombre). Debe su merecida celebridad a la cantidad de frescos que la decoran y al hecho de que en ella se realiza el cónclave para la elección de los Papas. Es su capilla privada.
La bóveda fue pintada por Miguel Ángel, quien la subdividió en partes, algunas reales y otras concebidas para equilibrar la superficie. Está desarrollada pictóricamente con temas del Antiguo y Nuevo Testamento, y de la mitología clásica, destacándose la “La creación del hombre”, “La expulsión del Paraíso” y “La creación del sol y de la luna”.
La pared del fondo de la capilla también es obra de él: los 200 m2 están enteramente ocupados por “El juicio universal”.
PLAZA NAVONA.
En la visita a la ciudad no debería faltar un momento de regocijo, café mediante, en alguno de los barcitos que rodean la plaza Navona, la más linda de Roma, y probablemente del mundo. Soberbia en cuanto a expresiones artísticas y arquitectónicas, es encantadora tanto de día como de noche.
Este enclave experimentó un cambio profundo en 1644, cuando el papa Inocencio X emprendió un programa de reformas barrocas. Así, hoy en su centro se alza la magnífica fuente de los Cuatro Ríos, de 1651, cuyo basamento –obra de Bernini– sostiene a los genios fluviales que encarnan a los ríos de la Plata, Ganges, Nilo y Danubio (los cuatro grandes conocidos por entonces). Además, este grupo escultórico sostiene un obelisco egipcio.
Asimismo, la plaza atesora en sus extremos otras dos fuentes más pequeñas: la del Moro y la de Neptuno, ambas de la escuela berninesca. Y se encuentra circundada por palacios del siglo XVII, destacándose la iglesia de Santa Inés (Santa Agnese), obra de Francesco Borromini, y el Palacio Pamphili, actual Embajada de Brasil.
Siglos atrás en este lugar funcionaba un mercado, el cual fue trasladado en 1869 a Campo dei Fiori, a pocos metros de allí. Bien vale la pena recorrerlo y apreciar el colorido, los sonidos y los aromas de esta magnífica feria al aire libre.
Todos los días, excepto los domingos, el lugar se llena de puestos de frutas, pescados, flores, verduras, aceites de oliva, grapas y otros enseres.
Un aspecto llamativo es que en esta plaza no hay ninguna iglesia, algo poco habitual en Roma. Su carácter laico está simbolizado por la estatua de Giordano Bruno, un humanista y filósofo que fue quemado por hereje en este lugar, en 1600.
Durante muchos años fue uno de los barrios más pobres de la ciudad. Sin embargo, el mercado está custodiado por el Palacio Farnese, la mayor expresión del renacimiento florentino en esta ciudad. Fue construido entre 1514 y 1589, proyectado por Sangallo y finalizado por Miguel Ángel.
Hoy en día está considerado como el más monumental de los palacios romanos y es sede de la Embajada de Francia.
Cómo llegar: varias aerolíneas operan desde Buenos Aires a Roma. Aerolíneas Argentinas y Alitalia ofrecen vuelos directos.
Dónde alojarse: la ciudad cuenta con una amplia variedad de alojamiento, desde hostels hasta hoteles 5 estrellas.
Moneda: euro.
Clima: mediterráneo. El verano es caliente, húmedo y tendencialmente seco, mientras que el invierno suele ser suave y lluvioso.
Visa: no se requiere visa si se ingresa con pasaporte argentino.
Informes: www.turismoroma.it.
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