Lo bueno viene en frasco chico. O al menos éste parece ser el refrán que mejor le cuadra a Liechtenstein, un territorio de tan sólo 160 km², en el que todavía permanecen reminiscencias de las épocas en que Europa estaba cubierta por los suntuosos paños de las diferentes monarquías.
Con Austria al norte y al este, Suiza al sur y el río Rin al oeste, este pequeño principado presenta una rica historia. Desde 1434 las fronteras de Liechtenstein permanecieron inalteradas: desde esos remotos tiempos, el Rin fue el límite entre el Sacro Imperio Romano y los cantones suizos. El terruño conocido hoy como Liechtenstein fue una parte de la provincia de Raetia, del antiguo Imperio Romano. Más adelante en la historia, y antes de la asunción de la actual dinastía, la región se erigió como un recinto feudal de una de las primeras líneas de la Casa de los Habsburgo.
Ya en 1699, el príncipe Johann Adam de Liechtenstein compró el dominio de Schellenberg, y en 1712, el condado de Vaduz, con lo cual pretendía un lugar en el gobierno del Sacro Imperio Romano. Pero fue en 1719 cuando el emperador Carlos VI decretó que ambos condados se unieran para formar un principado con el nombre de Liechtenstein, en honor a su siervo Anton Florian de Liechtenstein, gracias a lo cual el principado se convirió en soberano.
Debido a la infuencia de sus vecinos -Suiza, Austria y Alemania-, Liechtenstein no tiene una arraigada tradición cultural. Por ejemplo, el idioma oficial del país es el alemán, pero muchos de sus habitantes hablan un dialecto particular, aunque con fuertes raíces germánicas.
Lo que llama particularmente la atención es su música. En sus callecitas, Vaduz -ciudad capital- alberga pintorescas tabernas donde tríos de músicos se dedican a tocar canciones típicas. Sobre todo, de fragmentos compuestos para piano de un tal Josef Rheinberger, compositor nacido en 1839 y muy reconocido en el país.
Estas composiciones fueron incorporando elementos de la música folclórica de la región, y en la actualidad suenan continuamente por las tabernas locales. Quizás, un poco más fuerte que el sonido que en esos mismos rincones produce el choque de los vasos al brindar.
Pero Vaduz no sólo se recorre de taberna en taberna. Muchos más son los atractivos que invitan a transitarla de punta a punta. En lo alto de una colina asoma, como vigilante, el castillo que funciona como vivienda del príncipe reinante.
Construida a principios del siglo XVI, la propiedad es protagonista de una de las postales más bonitas de la ciudad: al atardecer, el cielo se viste de lila, con algunas pinceladas de blanco. Desde el fondo, las sombras de las montañas avanzan sin prisa pero sin pausa, deteniéndose ante el impactante castillo iluminado desde abajo.
Otros sitios para visitar son su iglesia parroquial gótica, el Museo de Estampillas (que alberga más de 300 cuadernos de sellos desde 1912 hasta nuestros días) y el Museo de Liechtenstein, con una vasta colección de arte de la familia reinante. A todo esto, vale la pena destacarlo, debe sumarse la hospitalidad de sus habitantes.
Los amantes del buen comer encontrarán en Liechtenstein algunas exquisiteces dignas de saborear. Los quesos forman una parte importante de la gastronomía local, así como el rösti (patatas fritas cortadas en tiras) y el wurst (salchichas).
Ciudades cercanas.
Hay otras cuentas que se suman a este collar de atractivos, ciudades cercanas que tienen para ofrecer una gama de atractivos que las hacen diferentes unas de otras.
Tal es el caso de Malbun, la principal estación de esquí de Liechtenstein, situada en medio de las montañas al sudoeste del país. El enclave posee dos escuelas para aprender a esquiar, además de varias pistas para aprendices y otras más dificultosas para expertos en el deporte blanco.
Por encima de Vaduz se ubica Triesenberg, desde donde es posible obtener excelentes vistas del valle del Rin. Además de ostentar una hermosa iglesia con la cúpula en forma circular, tiene un museo devoto de la comunidad Walser, que emigró de Suiza y llegó al país hacia el siglo XIII.
Otra perla para apreciar es Feldkirch, situada en el borde de la frontera con Liechtenstein en la zona austríaca. La ciudad aún conserva edificios de estilo medieval, y cuenta con buenas vistas desde el Castillo de Schattenburg, del siglo XII, el cual hoy funciona como museo. También hay un parque gratuito de animales situado a un kilómetro del centro de la ciudad. Feldkirch es además escenario del festival musical de Schubertiade, a fines de junio.
El deporte en la cima.
Liechtenstein le rinde culto al deporte. Para muestra, basta un botón: su Asociación Nacional de Deportes cuenta con más de 10.000 miembros. La natación, por ejemplo, se puede practicar en la piscina de Mühleholz -abierta de mayo a septiembre-, en las comunidades de Vaduz y Schaan. También la mayoría de los hoteles del país disponen de piscina propia. Por otro lado, las montañas de Liechtenstein son ideales para practicar esquí y emprender numerosas excursiones.
Para quienes gustan de las caminatas, Malbun y Steg son puntos de partida para una travesía a través de las montañas.
Con Austria al norte y al este, Suiza al sur y el río Rin al oeste, este pequeño principado presenta una rica historia. Desde 1434 las fronteras de Liechtenstein permanecieron inalteradas: desde esos remotos tiempos, el Rin fue el límite entre el Sacro Imperio Romano y los cantones suizos. El terruño conocido hoy como Liechtenstein fue una parte de la provincia de Raetia, del antiguo Imperio Romano. Más adelante en la historia, y antes de la asunción de la actual dinastía, la región se erigió como un recinto feudal de una de las primeras líneas de la Casa de los Habsburgo.
Ya en 1699, el príncipe Johann Adam de Liechtenstein compró el dominio de Schellenberg, y en 1712, el condado de Vaduz, con lo cual pretendía un lugar en el gobierno del Sacro Imperio Romano. Pero fue en 1719 cuando el emperador Carlos VI decretó que ambos condados se unieran para formar un principado con el nombre de Liechtenstein, en honor a su siervo Anton Florian de Liechtenstein, gracias a lo cual el principado se convirió en soberano.
Debido a la infuencia de sus vecinos -Suiza, Austria y Alemania-, Liechtenstein no tiene una arraigada tradición cultural. Por ejemplo, el idioma oficial del país es el alemán, pero muchos de sus habitantes hablan un dialecto particular, aunque con fuertes raíces germánicas.
Lo que llama particularmente la atención es su música. En sus callecitas, Vaduz -ciudad capital- alberga pintorescas tabernas donde tríos de músicos se dedican a tocar canciones típicas. Sobre todo, de fragmentos compuestos para piano de un tal Josef Rheinberger, compositor nacido en 1839 y muy reconocido en el país.
Estas composiciones fueron incorporando elementos de la música folclórica de la región, y en la actualidad suenan continuamente por las tabernas locales. Quizás, un poco más fuerte que el sonido que en esos mismos rincones produce el choque de los vasos al brindar.
Pero Vaduz no sólo se recorre de taberna en taberna. Muchos más son los atractivos que invitan a transitarla de punta a punta. En lo alto de una colina asoma, como vigilante, el castillo que funciona como vivienda del príncipe reinante.
Construida a principios del siglo XVI, la propiedad es protagonista de una de las postales más bonitas de la ciudad: al atardecer, el cielo se viste de lila, con algunas pinceladas de blanco. Desde el fondo, las sombras de las montañas avanzan sin prisa pero sin pausa, deteniéndose ante el impactante castillo iluminado desde abajo.
Otros sitios para visitar son su iglesia parroquial gótica, el Museo de Estampillas (que alberga más de 300 cuadernos de sellos desde 1912 hasta nuestros días) y el Museo de Liechtenstein, con una vasta colección de arte de la familia reinante. A todo esto, vale la pena destacarlo, debe sumarse la hospitalidad de sus habitantes.
Los amantes del buen comer encontrarán en Liechtenstein algunas exquisiteces dignas de saborear. Los quesos forman una parte importante de la gastronomía local, así como el rösti (patatas fritas cortadas en tiras) y el wurst (salchichas).
Ciudades cercanas.
Hay otras cuentas que se suman a este collar de atractivos, ciudades cercanas que tienen para ofrecer una gama de atractivos que las hacen diferentes unas de otras.
Tal es el caso de Malbun, la principal estación de esquí de Liechtenstein, situada en medio de las montañas al sudoeste del país. El enclave posee dos escuelas para aprender a esquiar, además de varias pistas para aprendices y otras más dificultosas para expertos en el deporte blanco.
Por encima de Vaduz se ubica Triesenberg, desde donde es posible obtener excelentes vistas del valle del Rin. Además de ostentar una hermosa iglesia con la cúpula en forma circular, tiene un museo devoto de la comunidad Walser, que emigró de Suiza y llegó al país hacia el siglo XIII.
Otra perla para apreciar es Feldkirch, situada en el borde de la frontera con Liechtenstein en la zona austríaca. La ciudad aún conserva edificios de estilo medieval, y cuenta con buenas vistas desde el Castillo de Schattenburg, del siglo XII, el cual hoy funciona como museo. También hay un parque gratuito de animales situado a un kilómetro del centro de la ciudad. Feldkirch es además escenario del festival musical de Schubertiade, a fines de junio.
El deporte en la cima.
Liechtenstein le rinde culto al deporte. Para muestra, basta un botón: su Asociación Nacional de Deportes cuenta con más de 10.000 miembros. La natación, por ejemplo, se puede practicar en la piscina de Mühleholz -abierta de mayo a septiembre-, en las comunidades de Vaduz y Schaan. También la mayoría de los hoteles del país disponen de piscina propia. Por otro lado, las montañas de Liechtenstein son ideales para practicar esquí y emprender numerosas excursiones.
Para quienes gustan de las caminatas, Malbun y Steg son puntos de partida para una travesía a través de las montañas.


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