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Chiloé: un lugar en el mundo

En la Patagonia chilena existe un lugar de ensueño, no sólo por su belleza paisajística sino por las costumbres y tradiciones de su pueblo, que atesora fusiones culturales de larga data.
Existe algo profundamente mágico para los 154 mil habitantes de este lugar: la mayoría de ellos vive de cara al mar, y desde tiempos remotos se ha dedicado a la pesca y recolección de mariscos, y también a la agricultura, lo que les ha conferido un carácter amable y cariñoso. Actualmente, la isla de Chiloé tiene al turismo entre sus principales actividades, junto a la explotación de la madera y la extracción de algas. Ubicada al suroeste del continente americano, esta isla chilena -la segunda más grande de América del Sur- y su collar de cuarenta pequeñas ínsulas abre sus puertas a quien la desee visitar, sin desdeñar sus singulares tradiciones.
Por muchos siglos, el archipiélago desarrolló una cultura propia y autosuficiente. Cuando los españoles descubrieron la isla, en 1567, dos razas indígenas estaban en pugna por el mismo territorio: por un lado, los chonos, primitivos habitantes del lugar; por el otro, los mapuches, invasores provenientes del norte que pronto se transformarían en los jefes supremos. Los obstáculos naturales del archipiélago delineaban cinco tipos de áreas separadas por corrientes y remolinos marítimos. Así, los nativos, indios vestidos con pieles y lanas, vivían al borde de bosques y playas, y se mantenían con cultivos de papa, maíz y quínoa; además, eran ávidos tejedores de lana de llama y expertos navegantes de dalcas, embarcaciones fabricadas con madera cocida.
Por su parte, los jesuitas también dejaron su impronta en ese pacífico pueblo, construyendo un sinfín de iglesias y capillas signadas por su originalidad, que constituyen hoy uno de los mayores orgullos del archipiélago.
La historia prosiguió, y Chiloé se transformó en un hueso duro de roer para Chile. Recién en 1826, y a ocho años de la independencia del vecino país, la isla se anexó a la República, iniciando una próspera participación en el comercio del Pacífico como centro de abastecimiento de balleneros y dedicado a las industrias maderera, conservera y ganadera, así como al comercio portuario. Sin embargo, son sus tres siglos anteriores de aislamiento los que brindaron a Chiloé las características que la hacen un lugar tan peculiar: por ejemplo, su espíritu de autosuficiencia y esa curiosa genialidad creativa consistente en sacar el máximo provecho de sus abundantes recursos madereros, en sustitución de otras carencias, como la total ausencia de metales. Candados, bicicletas, anclas, telares y trineos: todos ellos son construidos totalmente en madera. Artículos de esta clase y muchos más pueden observarse en el Museo Regional de Ancud y en el Museo Juan Pablo II de Puerto Montt y, por supuesto, en cualquier lugar de la isla, ya que muchos de ellos se siguen utilizando en la rutina diaria.

Gente y paisajes de notable belleza.
El poblador de Chiloé se enorgullece de su peculiar ubicación al sur del mundo. Aman ese concepto que pueden llegar a tener de ellos aquellos que los visitan: "La gente de aquí habita en el mundo y nadie sabe de ella". Se los visualiza con cada amanecer, cuando el sol hace brillar con sus refulgencias a la imponente naturaleza verde, espesa y húmeda del archipiélago.
Porque, esto sí merece ser aclarado, el habitante desde siempre vivió en estrecha comunión con la naturaleza circundante. Es que en la Isla Grande de Chiloé también abunda la belleza paisajística. La costa del océano, de abruptos acantilados, resulta casi inaccesible por mar o tierra, mientras que del otro lado se ubican, entre la isla y el continente, una multitud de islotes bajo el cuidado del llamado Mar Interior, aguas que más se parecen a un lago que al océano.
Abundantes precipitaciones, exuberante vegetación, y prácticamente ningún poblador: así es la inhóspita costa del pacífico. De las 40 islas menores, 35 están habitadas, conformando un extenso territorio de ensenadas, canales, golfos, lagos y lagunas ubicados al borde del mar. Distribuidos entre tan profusa naturaleza se ubican los palafitos, las casas más emblemáticas de Chiloé y que, sin embargo, ya sólo se mantienen en Castro y en alguna otra población. Pintadas de vivos colores y unidas entre sí configuran una auténtica postal, pero en realidad son mucho más que eso: con un frente hacia la calle y otro hacia el canal, además de una terraza y un nivel inferior bañado por las mareas, se erigen como auténticos resabios de otros tiempos.

Naturaleza pura.
Un párrafo aparte merece el Parque Nacional de Chiloé: los umbrosos caminos y atractivos bosques del archipiélago se alzan como uno de los mayores atractivos de la zona. Baste decir que el propio Charles Darwin dejó plasmada su buena impresión del lugar en su libro "El viaje del Beagle".
El predio abarca dos sectores que suman 43 mil ha., ubicadas de cara al océano, con costas castigadas por el viento y las abundantes precipitaciones. Allí predominan espesas poblaciones de coníferas -entre ellas, el alerce puro y el tepú, de ramas y tronco retorcidos-; además de una rica avifauna con más de 100 especies; y dos asentamientos de pingüinos. Por otra parte, en el islote de Metalquí, perteneciente al parque y de acceso restringido, se ubica una profusa colonia de focas.

Un collar de iglesias.
La Isla Grande de Chiloé alberga con celo otro tesoro: sus iglesias. Construidas totalmente en madera y sin la utilización de clavos, las más antiguas de ellas se cuentan entre los pocos ejemplos en el mundo de la arquitectura.
Más de 150 templos construidos por los jesuitas constituyen un urbanismo religioso que transformó al archipiélago en lo que ellos llamaron el "Jardín de la Iglesia".
Los santuarios se ubicaron cerca de la costa, buscando un resguardo montañoso por el norte, y orientando sus pórticos hacia el sur, de modo de protegerse de las lluvias.
En general, las iglesias consisten en un gran edificio rectangular techado a dos aguas, y apoyado sobre piedras de fundación que sirven para aislarlas de la humedad.
El frente de ellas consta de una torre fachada, con su puerta principal con arquería, el frontón y la torre propiamente dicha.

CHILOE
Cómo moverse: existe un servicio de autobuses que conecta las principales localidades de la isla. Para explorar rincones inhóspitos, lo mejor es alquilar un coche, de ser posible un todo terreno.
Alojamiento: Chiloé cuenta con una red hotelera de calidad, pero es limitada, por lo que conviene reservar con antelación.
Compras: lo mejor de la isla son sus prendas hiladas a mano.
Informes: www.chiloe.cl.

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