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Trujillo y Chiclayo: las arenas del tiempo

Ubicadas al noroeste de la costa de Perú, las ciudades encierran ricos sitios arqueológicos que son evidencia de las antiguas civilizaciones preincaicas.

¿Quién dijo que el pasado es cosa del ayer? Siempre hay restos de recuerdos que perduran por siempre, y eso es lo que ocurre en Trujillo y Chiclayo, cuna de las civilizaciones mochicas y chimú y que guardan con especial cuidado su legado arquitectónico. Un polo arqueológico: de eso se trata.
Como si fuera una cazadora de tesoros, o una huaquera según llaman a este tipo de ladrones en el país andino, me entrego a la ruta Moche, despojada de todo prejuicio. ¿Quién dijo que lo anticuado pasó de moda?

LA CIUDAD DE LA PRIMAVERA.
Punto de partida: aeropuerto de Lima. Destino: Trujillo, capital del departamento Libertad y mejor conocida como la Ciudad de la Primavera. Distancia: 557 km. Tiempo estimado del vuelo: una hora y media. Calle 13 es la mejor opción para pasar el rato. Mientras René canta “El baile de los pobres” me pregunto con qué me encontraré en aquella región. Comienzo a delinear figuras en la ventanilla del avión que me muestra el cielo limpio de nubes. Así es el clima de la costa norte de Perú: cálido, dulce y dorado, como los tesoros que guarda.
El reloj corre rápido (¿o será que no le presté mucha atención a las agujas?). El cielo se funde en colores rojos y naranjas para darle paso al crepúsculo que acontece.
Mientras un taxista me lleva al hotel, veo una imagen insólita: cuatro parejas de novios entran, como si se tratara de un desfile, al hotel Libertador Plaza Mayor. Mi conductor sirvió de guía turístico ocasional. Me explicó, con un poco de fastidio por tener que repetir la misma historia tantas veces al día, que se trata de una imagen clásica: “Diciembre y noviembre son noches de boda aquí en Trujillo. Todos los viernes y sábados a la noche, las recién casadas se sacan fotografías en el alojamiento más tradicional de la ciudad”. La propiedad fue fundada en 1534 por Diego de Almagro y representa un ícono de la arquitectura local.
Continuamos el viaje y, con un poco más de soltura, el taxista me dice que lugares como la peatonal Pizarro, el Club Central, la antigua confitería llamada Castañeda, la Catedral y la Plaza Mayor son los lugares típicos que suelen visitar los turistas.
-Pero hay misterios por descubrir - suelta.
-¿Qué misterios?
-Siga la ruta Moche, señorita.
-¿Dónde comienza?
-Donde se pone el sol.
Llegamos a destino y le dije que conservara el cambio. Me encuentro agotada, pero aún así no dejo de pensar en el insólito diálogo.


DONDE SE PONE EL SOL.
Los lugareños, muy amables, me explicaron el acertijo de mi buen conductor: debía dirigirme 5 km. hacia el noroeste de la ciudad, llegando a la costa de Huanchaco, para conocer la ciudad de adobe más grande del mundo. Se trata de Chan Chan, que significa Sol-Sol, capital del Reino Chimor que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986. Antes de proseguir, conviene hacer un poco de historia, y viajar hacia el pasado, que es en definitiva adonde me dirijo.
Entre los siglos IX y XV se desarrolló en esa región la comunidad guerrera chimú, cuyo legado cultural proviene de los mochicas, la civilización anterior que habitó esas tierras. Los chimú basaron la fundación de su civilización en un mito: cuenta la leyenda que a través del mar vinieron los dioses en embarcaciones para ordenar el reino. El más poderoso de ellos era Tacaynamo, que se convirtió en el primer monarca chimú. Tras años de expansión y desarrollo, se caracterizó por ser una sociedad marítima, expansionista y con una organización política centralizada. Se dedicaron a la explotación del oro e inventaron los famosos caballitos de totora, una ingeniosa forma de pesca que perdura hasta la actualidad. El ocaso de este pueblo llegó de la mano de los incas, que los invadieron y derrocaron a su monarca.
El viaje en auto se hace ameno, una vez más el sol me sonríe desde lo alto y el olor a salitre invade mis pulmones. El mar está cerca, y escucho el oleaje que rompe en los miradores.
Ahora comprendo lo que me quiso decir el taxista: la ciudad del Sol. El complejo arquitectónico ocupa una superficie de 20 km² y se compone de 10 ciudadelas. Con disimulo, y movida por mi curiosidad, me reúno con un grupo de turistas cuyo guía les explicaba el origen del complejo. “Cada ciudadela fue construida por un monarca cuando asumía el trono. Ésa era la clave del expansionismo chimú”, contaba un hombre robusto con un gorro de pescador que lo hacía de simpática figura.
Mientras avanzábamos, el experto señalaba hacia el centro, donde se hallaban las construcciones dedicadas al almacenamiento y la plataforma funeraria. Se trataba de una pirámide trunca y baja en la que se enterraba al Gran Señor de cada ciudadela junto con ofrendas como cerámicas, textiles, mantas, plumas, objetos de oro, plata y cobre, entre otros.
Saciada mi sed de información, decido seguir mis propios pasos y dirigirme al centro de la zona: el Palacio Tschudi. Lo que llamó mi atención es que Chan Chan no tiene colores y en sus frisos fue plasmada la cultura marítima con figuras de peces y pelícanos, además de diseños romboidales que representan las redes de pesca. Me acerco a uno de ellos y mi dedo recorre el contorno de las olas, mientras escucho al mar de fondo.
Más de medio día pasé en mi travesía. Parecía que las arenas del tiempo me habían consumido sin darme cuenta. El estómago me hacía notar el correr de las agujas del reloj. De regreso a la ciudad, tengo deseos de probar un típico plato trujillano. El restaurante San Gregorio parece una buena opción. Ubicado en Jirón Rímac 368, en pleno centro, se especializa en pescados y mariscos. Un exquisito plato conocido como “ceviche” dejó a mi paladar satisfecho con un tierno filete de pescado cortado en trozos cocido con limón, cebolla y ají limo.
Con un aire colonial, la ciudad me invitaba a ir descubriendo, poquito a poco, sus más especiales atractivos. Chan Chan me había maravillado por completo, pero ansiaba empaparme de la rica cultura preincaica. Una vez más, la hospitalidad de los lugareños en una tienda de regalos me ayudó a armarme un pequeño itinerario para ir conociendo la famosa ruta Moche. Mis próximos destinos: las Huacas del Sol y de la Luna y el Complejo El Brujo.
Hoy no quedaba más por hacer, salvo recorrer las calles y disfrutar de los shows callejeros que pintan la noche.


HUACAS DEL MISTERIO.
Muy temprano en la mañana, desayuno en el hotel y partida en auto me lleva hacia las Huacas del Sol y de la Luna. A 8 km. de Trujillo, se encuentran al pie del cerro Blanco. Esta la región fue la capital de la civilización mochica, anterior a la chimú.
Remontándome nuevamente al pasado, descubro que los mochicas tuvieron su época de esplendor entre los siglos I y VI y se constituyeron como una sociedad jerarquizada cuya mayor deidad era Ai Apaec, dios creador de las profundidades marinas. Expertos en la construcción de canales de riego, desarrollaron conocimientos en ingeniería hidráulica y se posicionaron como grandes agricultores y trabajadores del metal. Además, son famosos por sus ingeniosas cerámicas donde retrataban a los hombres y a los dioses en llamativas escenas.
En esta oportunidad, consulto al guía que se encuentra a cargo del complejo y me cuenta que la región se descubrió en 1990, pero el público tuvo que aguardar cinco años para visitarla. Sin embargo, hasta la actualidad, solo se ha develado el 10% de la Huaca de la Luna, en tanto que la del Sol aún no ha sido explorada. Evidentemente, los arqueólogos no sufren de ansiedad.
Construida con más de 140 millones de ladrillos de adobe, la Huaca de la Luna se constituyó como un importante templo ceremonial que en su época de esplendor llegó a contar con tres plazas. Lo más impactante de este polo arqueológico son sus superficies policromas que van del rojo al negro, pasando por el amarillo. Un contraste llamativo con las paredes de Chan Chan.
Continúo subiendo y me encuentro en el mirador que muestra el valle moche, el cerro Blanco y la Huaca del Sol, aquel gigante por descubrir. Inhalo. Exhalo. Las arenas del tiempo no me dejan salir del pasado.
Otro día finalmente acontece y me dirijo hacia el último destino arqueológico de Trujillo. Mi capacidad de asombro ha vuelto a revivir tras los sitios visitados, que impresionan hasta ponerle a uno la piel de gallina.
El Complejo Arqueológico El Brujo: hacia allí apunta mi brújula moche. A 60 km. al norte de Trujillo, se ubica sobre la margen derecha del río Chicama, muy cerca del litoral del océano Pacífico, en el distrito de Magdalena de Cao. El viaje resulta ameno por la carretera que atraviesa el pequeño poblado de Magdalena de Cao y varias hectáreas de plantaciones de azúcar.
Finalmente arribo y me encuentro con una vasta extensión de construcciones piramidales. Un guía perteneciente al complejo, me explica:
-La zona se divide en tres áreas principales: Huaca Prieta, en el extremo sur y la más antigua, Huaca Cao Viejo y Huaca Cortada, en el extremo norte. Pero, además, también se encuentra el Museo de Sitio Cao, donde yace la Señora de Cao.
-¿Se trató de un personaje importante?
-Por supuesto que sí: fue una gobernanta mochica descubierta en 2006. Con su aparición, se modificaron las creencias patriarcales a partir de la figura de una mujer sentada en el trono. Además, se decía que tenía habilidades chamánicas. Su cuerpo se encuentra en el interior del museo –, me dijo mientras señalaba el gran cuadrado de cemento-.
Me adentro en los vestigios de un templo ceremonial. Los ajuares con los que fue sepultada la Señora de Cao se exhiben cuidadosamente protegidos en vidrio y se pueden apreciar objetos de oro, cobre, plata, cofres, monedas y jarras con motivos preincaicos, entre otros.
En el centro de la escena reposa el cuerpo de la monarca mochica acompañado por un video del desenfardelamiento de la Señora de Cao, cuyo cuerpo había sido envuelto en 70 m. de tejido de algodón. “Un arduo trabajo para los arqueólogos”, me comentó el guía.
Paso todo el día en el Complejo Arqueológico El Brujo, recorriendo todos sus atractivos que se destacan por el arte muralista de la cultura mochica con representaciones en alto relieve y llamativos colores. No quiero irme, pero una vez más el tiempo apremia. Me lo recuerda el sol que se pone en el horizonte.
De vuelta en la ciudad, transito mi última noche trujillana. Al día siguiente debo continuar la ruta Moche.

LA CIUDAD DE LA AMISTAD.
Punto de partida: Trujillo. Destino: Chiclayo, capital del departamento de Lambayeque y mejor conocida como la Ciudad de la Amistad. Distancia: 206 km. Tiempo estimado del viaje: tres horas en auto por la carretera Panamericana Norte. Nuevamente Calle 13 se presta como la mejor opción para hacer más llevadera la rutina.
Al igual que Trujillo, esta ciudad peruana se presenta como alegre y pintoresca. Cercana a la costa, Chiclayo se constituye como una importante región agrícola donde el cultivo de caña de azúcar, frutales, viñas y arroz representa su mayor ingreso económico, además de los importantes atractivos turísticos.
En esta oportunidad, no quise molestar a ningún taxista, sino que son los propios pueblerinos quienes me señalan los principales atractivos que tiene la ciudad. En una tienda de regalos, el encargado me comenta que la Catedral es un lugar magnífico para visitar. Ubicada en el Parque Principal, su construcción es de estilo neoclásico y data de 1869. La capilla La Verónica se erige como otro monumento histórico. Levantada a fines del siglo XIX, su altar mayor y el retablo adyacente presentan un revestimiento de plata y pan de oro.
Otros sitios recomendados son el Parque Principal, el Palacio Municipal, la Plazuela Elías Aguirre y el Mercado Modelo, donde se presenta un gran movimiento comercial, ideal para comprar objetos típicos, hierbas y preparados medicinales especiales.
Desde el restaurante Huaca Rajada, que se encuentra en la avenida José Leonardo Ortiz 490, se desprenden exquisitos aromas culinarios que invitan al paladar. El mesero me aconseja el “seco de cabrito a la chiclayana” como uno de los platos típicos. Acepto su recomendación y constato que no se equivocó: resultó exquisito.
Durante el resto de la tarde me dedico a conocer los lugares que me señaló el comerciante. El día siguiente se prestaría para que esta huaquera continuara su recorrido.

FINAL DE LA CARRETERA.
A 35 km. del suroeste de Chiclayo, en Huaca Rajada, descansa el cuerpo del Señor del Sipán, uno de los grandes gobernantes mochica, en el Museo Tumbas Reales.
Sus restos fueron descubiertos en 1987 por el arqueólogo Walter Alva, quien hoy dirige el museo inaugurado hace nueve años. De mediana altura y rostro bonachón, el especialista me explica que el hallazgo se produjo en un episodio particular: la policía había capturado a unos cazadores de tesoros con valiosos y antiguos objetos. Cuando el arqueólogo puso manos a la obra, descubrió que pertenecían a un mandatario de alto rango: la prensa la bautizó como la tumba latinoamericana de Tutankamón debido a la cantidad de joyas de altísimo valor con que fue enterrado.
Al Señor del Sipán lo encontraron con ocho personas (cuatro hombres y cuatro mujeres) y cientos de ofrendas hechas con materiales preciosos. Sin embargo, debajo de su tumba, se encuentran 12 entierros más: el lugar es una necrópolis.
En una gran pirámide trunca pintada de rojo, con una construcción semejante a la de un santuario mochica, se levanta el Museo de Tumbas Reales de Sipán. El sitio se divide en cinco espacios donde se exhiben más de dos mil piezas de oro, cerámicas, collares y estandartes, entre otros objetos de la cultura preincaica. Además, también se exponen las fotografías y videos del descubrimiento.
Abierto durante 10 horas, el museo puede ser visitado de martes a domingo por 300 personas. Desde allí, según lo señalado por su director, se trata de promover la defensa patrimonial en contra de los cazadores de tesoros.
El mismo objetivo es perseguido por el Museo Nacional Sicán, ubicado a 20 km. de Chiclayo en la ciudad de Ferreñafe. Allí descansan los restos del Señor del Sicán, quien cierra el trío de los gobernantes preincaicos (junto al Señor del Sipán y la Señora de Cao).
Inaugurado en 2001, para llegar hasta aquí tuve que atravesar el camino del Santuario Histórico del Bosque de Pómac. Se trata de una construcción de dos plantas, cuyo guía arqueológico me lleva a recorrer las dos tumbas exhibidas, conocidas como Este y Oeste. En la primera se encuentra el antiguo monarca: su cuerpo está totalmente ataviado, colocado en el centro y en posición invertida. Junto a él se presentan dos mujeres que recrean la ancestral escena del nacimiento. Por otra parte, la tumba del Oeste alberga a dos sujetos que formaron parte de una dinastía gobernante.
Continuando con la visita, puedo observar recreaciones de la vida doméstica como personas forjando metales o elaborando cerámicas. Además de las piezas arqueológicas que fueron encontradas a lo largo de los años. Ya en la planta baja, el guía me explica que aquí se encuentra la biblioteca, un salón de conferencias, la cafetería, y los laboratorios de conservación de las piezas (espacio fascinante si los hay).
Casi por despedirme, le comento que ya me volvía a Argentina, satisfecha por los tesoros arqueológicos conocidos en la ruta Moche. “Pero le faltan las Pirámides de Túcume para completar el tramo”, me advierte.
Otro día acontece: es mi cuarta jornada en Chiclayo, en la Ciudad de la Amistad donde mi asombro no le da tregua a mis ojos. Me dirijo hacia el final de la carretera: las Pirámides de Túcume. Se trata de un complejo de 26 pirámides de adobe (“Una competencia para Chan Chan”, pienso), cuya pirámide Huaca Larga albergó a tres de las culturas más importantes: Lambayeque, Chimú e Inca a inicios de 1050 hasta 1532, cuando llegaron los españoles. En la parte baja del valle de La Leche, las construcciones muestran patios y habitaciones que expresan las civilizaciones precolombinas.
El reloj de arena corre… para atrás. Aunque la noche cae sobre las pirámides. Es un espectáculo interesante apreciar cómo se doran sus paredes con los rayos del sol. Es hora de regresar a Chiclayo y, aunque cueste, a casa.

* * *
Es verdad: lo anticuado no pasó de moda. Me dirijo hacia el aeropuerto de Lima, en un vuelo de una hora y media desde Chiclayo, y para emprender regreso a Buenos Aires. Miro el reloj: las 13.55 marcan las agujas. Sin embargo yo sé que bien pueden correr en sentido inverso.

TIPS DEL VIAJERO

Ubicación: Trujillo y Chiclayo se localizan en la costa noroeste de Perú. Trujillo es la capital del departamento de Libertad y se encuentra a 557 km. de Lima. Mientras que Chiclayo es la capital del departamento de Lambayeque y está a 763 km. de Lima. La distancia que separa Trujillo de Chiclayo es de 206 km.
Cómo llegar: en vuelos directos desde Buenos Aires hasta Lima y de allí vuelos directos hacia Trujillo y Chiclayo. Por otra parte, en Lima hay conexión terrestre por la carretera Panamericana Norte hasta ambas ciudades.
Clima: semicálido.
Alojamiento: en Chiclayo hay hoteles de 3 y 4 estrellas mientras que en Trujillo la oferta hotelera va de 3 a 5 estrellas.
Informes: www.peru.travel.

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